lunes, 11 de diciembre de 2017

Jean se va, al otro lado del mar

Han sido al menos catorce horas en un avión, tres de las cuales las ha dedicado a mirar por la ventanilla. Intentando ver allí abajo un barco vikingo, pues según sus teorías ese tipo de barcos siguen atravesando los mares, tal vez tripulados, tal vez no. Quizá abandonados a las eternas corrientes atlánticas, lo cierto es que en algunas ocasiones se jura a si mismo que allí, a unos diez mil metros ha logrado ver mas de un Drakkar. algunas de esas horas también las dedica a pasear arriba y abajo por el pasillo del avión, inventando posibles historias acerca de cada uno de los viajeros. Que zapatos mas gastados —piensa mientras mira de soslayo haciendo como que espera a que sea liberado el baño— probablemente recorriese miles de kilómetros con ellos, seguro que hizo una promesa y llego hasta china, aunque probablemente entonces no serían los mismos zapatos... bueno podría haberlos guardado en su mochila y haber continuado descalzo tras conocer a un monje, el cual le acompañaría hasta un antiguo monasterio perdido en los Himalayas.
Finalmente dedica las ultimas horas de su viaje a dormir. Ya en el ultimo tramo piensa en su impulsividad, irse tan lejos ahora, porque quien sabe si nunca llega el momento y siempre me va a quedar por visitar este lugar del que tanto me han hablado, especialmente Pierre que como en una letanía le cuenta de vez en cuando, lo tanto que lo añora.

A las ocho en punto de la mañana, Jean François, clochard emérito de Moulins, sale por fin del aeropuerto y atravesando a toda una jauría de taxistas ilegales se encamina a encontrar el primer autobús que pueda.

Poco tarda en averiguar que se ha metido en una buena, hay que cambiar de moneda, o ir andando... bien, ira andando y luego cambiará de moneda.

Lo primero que le llama la atención es que las calles parecen no acabar nunca, y que tienen agujeros por los que, entre los adoquines parece emerger la arena de la playa. Se sienta en un banco, aquí todo parece detenido en el tiempo —piensa—.
Un autobús pasa con un asiento sobresaliendo por la ventana, sin duda ese es el suyo, según sus averiguaciones tiene que tomar el ciento sesenta y ocho, así que extiende el pulgar tranquilamente y el autobús no se detiene en absoluto. Desconcertado mira hacia los lados y una señora con un gorro de lana y un paraguas le explica que cuando los cojines asoman por la ventana significa que va averiado y que ya vendrá el siguiente. El siguiente también viene averiado, y el siguiente, así que tras hacer amistad, él y la señora van a hacer dos cosas.
La primera, ella le va a llevar a un lugar seguro donde cambiar su dinero.
La segunda, van a ir en "el subterraneo" —al oír esto Jean François siente una extraña excitación—.
—¿el subterraneo?
—Si, le llamamos así, tenemos que caminar un poco pero vas a llegar a tiempo.

Una vez a bordo de la linea "A", Jean François esta imaginando la historia de un chico que lee tranquilamente en un asiento, vestido con lo que parece una sabana y con unas babuchas rojas. Estela (que así se llama su nueva amiga) le dice que "se ha escapado del Borda" pero Jean ya tiene en su cabeza la verdad sobre lo que le pasó. Viajaba en un barco exclusivamente dedicado a la importación de quesos manchegos ahumados y contrabando de tabaco de andorra, cuando el barco colisionó contra otro barco de transporte de neveras chinas, los dos barcos naufragaron sin remedio, pero él logro escapar utilizando una nevera como si se tratase de un bote de remo, una vez en tierra y dado que la catástrofe lo había encontrado durmiendo, tuvo que apañarse con lo que le ofrecieron en el puerto al que había llegado.

—¡Jean! ¿me estas escuchando? creo que la siguiente es tu parada — le dice Estela sacándolo del curioso trance en el que parecía haber caído mirando al loco del asiento—.

Se acerca al chico y tras sacar unos pantalones  y una camiseta de su maleta, los deja delicadamente junto a el y se retira andando hacia atrás.

Luego se despide de Estela, que mueve la cabeza hacía los lados de una manera incomprensible, y se apea del "subterraneo" en la parada equivocada.







lunes, 27 de noviembre de 2017

El bisonte y el conejo

Los dos están sentados en la tierra, uno apoyado sobre un inmenso roble, el otro sobre un pedrusco plano, los brazos abrazando las rodillas, la mirada perdida en el generoso nido de una cigüeña, o a lo mejor un poco mas cerca, en los zapatos olvidados de cualquier manera en la orilla del Allier:

—Me gustan tus zapatos, supongo que a ti también, si sopla algo de viento se los llevara el río, y no tienes muchos ¿vas a ir descalzo a partir de ahora mi querido Jean?

—Pierre.. se que te encanta meterte en los zapatos de los demás, no voy a ser yo quien censure una practica tan enriquecedora, pero se exactamente donde he dejado mis zapatos, es improbable que el viento los arrastre hasta el agua— Responde tranquilamente Jean François, clochard emérito de la ciudad de Moulins

—Los perderás... y tendrás que ir descalzo Jean, iras descalzo desde Moulins hasta Chartres el próximo domingo, y quien sabe si va a caer la nieve, hoy hay un sol radiante, es verdad, pero la nieve aquí llega de pronto y hay que estar preparado, si quieres me levanto y los muevo un poco hacia nosotros...

—Ni se te ocurra tocarlos, me gustan así, con los cordones sueltos, y esa luz que cae, son bonitos allí, ademas te he dicho que no sopla nada de viento. Pierre ¿conoces la historia del conejo y el bisonte?

—Creo que nunca me la has contado

—Bien, pues presta atención:
Hace muchos años vivía en una caverna un bisonte, afuera las nieves se perpetuaban y él debía andar durante muchas horas para llegar a los prados verdes que de una forma misteriosa existían al otro lado de la montaña, pero cada mañana se levantaba y caminaba sobre la nieve hasta llegar allí.
Un día encontró a un conejo en el prado. El bisonte nunca había visto un conejo y ciertamente tuvo miedo de que aquel competidor arrasara su querido prado, gracias al cual podía vivir en su cueva, así que tomando carrerilla trato de embestirlo. Por supuesto el conejo lo esquivo sin gran esfuerzo y colocándose detrás de él le dijo: —No se que eres ni de donde sales, pero esa no es una forma de saludar, si algo te ha molestado deberías hablar conmigo antes ¿no crees?

El bisonte se detuvo perplejo ante la muestra de agilidad y razonamiento de aquel extraño y diminuto ser y contesto:
—este es el lugar donde yo me alimento, vivo en una cueva y afuera siempre hay nieve, no puedo permitir que te comas la única comida que tengo...

—¿así que crees que este es el único prado que hay cerca de aquí? ven conmigo, te enseñaré otro lugar, pero tendremos que atravesar esas montañas y dejaremos atrás todo lo que has conocido hasta ahora.

El bisonte miro hacía atrás, allí arriba estaba su montaña, eternamente nevada, y en algún lugar su cueva, dudo un instante y después se dirigió de nuevo al conejo:

—Escucha te agradezco el ofrecimiento pero no te creo, nadie me asegura que mas allá existan mas prados, y ahora debo volver, empieza a caer la tarde y aun debo caminar mucho.

—Como quieras — Zanjó el conejo, y se marcho rápidamente mientras el bisonte por su parte volvía lentamente a su cueva.


Pierre miraba de hito en hito a Jean François esperando que continuase la historia.

—¿y ya esta? ¿pero que rayos de historia es esa? ¿no se acabará así? ese bisonte es un cabezón, como tú, que ya deberías haber recogido tus zapatos

—Pierre — dijo suavemente Jean Fraçois, algún día te contare la siguiente parte de esta historia, ahora puedes reflexionar acerca de la actitud del bisonte y el conejo, o puedes sencillamente plantearte que vas a comer hoy.

En ese momento una suave brisa movió las copas de los arboles, bajo deslizandose, tomando velocidad en la curva de los antiguos troncos, despeino a los dos amigos y envió los zapatos de Jean François a donde quiera que quisiese el río.


jueves, 23 de noviembre de 2017

La botella verde

Sobre la acera hay una botella, verde oscuro, parece que dentro tiene algo.
La calle esta desierta excepto por un gato que lo observa todo desde lo alto de un muro.
Jean François, clochard emérito de Moulins se agacha y observa la botella, tratando de adivinar que es lo que la habita. Cierra un segundo los ojos e imagina que quizá alguien la lanzase al mar desde el otro extremo del mundo, tal vez alguien que como él, se dedicase en cuerpo y alma a avivar el fuego de los sueños prohibidos. Abre los ojos, durante unos momentos se pregunta si sería mejor no tocarla, dejarla allí en medio, a merced de los gatos, a merced de los niños y de las gentes demasiado educadas, que no repararían en su color verde especialmente oscuro. Esta sellada, sin embargo... esta vacía. Vuelve a cerrar los ojos y se le ocurre que quizás alguien en algún lugar del mundo necesita ayuda, que es urgente abrir esa botella, que él es el elegido para esa misión, en un impulso coloca la mano sobre la botella pero rápidamente la vuelve a a apartar; ¿y si se tratase de un mensaje muy antiguo? quizá quien lo escribió este muerto hace siglos.
Una señora con perrito pasa muy cerca de Jean François, que esta en cuclillas, muy quieto, con los ojos entrecerrados, la mano extendida ligeramente hacía la botella. La señora con perrito ladea la cabeza hacía los lados, resopla y sigue su camino santiguándose, el perrito lanza un ladrido de advertencia al pasar junto al inmóvil Jean François.
Abre los ojos y se acerca aun mas a la botella, la toma entre las manos, la pone a contraluz, efectivamente hay algo.

A las siete de la tarde, atravesando el pueblo, se ve pasar a Jean François abrazado a una botella, como si le fuese la vida en ello.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Acuarela de un domingo

La cuerda no sube, el pozo aguarda, la canción no sale, nadie canta. 
El agua continua en su ruta de aguas sumergidas, sin pararse a pensar si eso esta bien, o quien hizo el pozo por donde entra la luz intermitente.
La razón discurre, la voz se afina, Jean François clochard emerito de Moulins se aclara la garganta y canta mientras sigue su camino, entre la niebla, bajo las frías estrellas, entre los girasoles, hacia Chartres lentamente. Pies ligeros casi de barro, suela fina, poca cosa en la maleta, imprescindible sobre él, Jean lleva una bandada de cuervos donde vaya.
La cuerda no sube, el pueblo aguarda, hoy hay mercado, la canción no llega, nadie canta. 
El agua continua en su ruta de aguas sumergidas, sin pararse a pensar porque hay momentos en los que entra una voz desconocida.
Paso de trigo, de zorro, de corzo, cambia de forma y sonríe porque a lo lejos aparece la gente del viaje y el quisiera unirse a ellos una vez mas, pero hoy es día de mercado y Jean respira hondo.
Lo ven llegar, pasito a paso, a lo lejos, se oye un rumor alegre y todo el mundo intenta no pensar en Jean François, en su acordeón, en su olor a mar, en sus noticias de otros pueblos.
La cuerda no sube, el pueblo aguarda, hasta el agua se detiene.
Llega Jean François por el sur y la gente del viaje por el norte, violines y acordeones, guitarras e historias antiguas, rumores que trae, mas esperados que el periódico del día.
La polea se mueve, el agua sube, se difumina en infinitos ríos que bajan hacia los girasoles, la gente bebe, Jean François canta con voz de cien robles, de cien hayas, y sus cuervos arriba también cantan, hoy es dia de mercado.





sábado, 21 de octubre de 2017

señales



Cuando llego a la plaza él ya esta allí, un poco antes que yo, 
casi un ovillo abrazado a su guitarra y bajo un sombrero de paja. 
Ovillo de Rodrigo y Villalobos, de Tarrega y Yepes, de Sor y de Granados, Andaluz capricho, anónimo preludio.
No le escucho, creo que apenas tres personas deben estar atentas, aguzando el oído a algo que acontece, paradójica pobreza sublime, entre todos los ruidos de la calle como un milagro.
Pienso que es un hombre sabio, no se porque me viene este pensamiento, supongo que es el resultado de verlo tantos días ovillado hacía sus cuerdas aparentemente ajeno a un mundo enloquecido.
Pasan diez minutos, veinte... se levanta y muy despacio pasa su sombrero. Todo en el va despacio, hasta parece que a su alrededor el tiempo cambia de estación.
Yo estoy sentado al borde de la fuente, observando y sacando mis conclusiones, cambiándolas por otras, haciendo una bola de papel de ideas, prendiéndole fuego, dándole las cenizas al viento mezclado con el agua de la fuente. Trato de buscar un poema nuevo en las ventanas, hay una mujer que cree que dibujo y cuando se acerca cree que estoy escribiendo un poema. En realidad estaba diseñando mi siguiente clase de yoga, en vista de que los poemas no venían. 

Él se acerca muy despacio, comentándose algo a si mismo, y girándose hacía mi antes de irse me deja unas palabras:

—Tengo una hija, y a mi mujer y tengo a Dios, tengo suficiente, Dios... en todas partes, en el viento, en el agua... que fortuna... 












viernes, 29 de septiembre de 2017

Repoblando la duna (dia 1)




Hoy ha sido un día intenso. Hace dos semanas llegó un grupo de voluntarios y arrancaron el "Carpobrotus Edulis" o "Ditets" ("deditos" en valenciano) dejando la duna con un aspecto horrible me he visto absorbido por el para mi desconocido y extenso mundo de la flora dunar marina autóctona valenciana. Comencé buscando que tipo de plantas podrían crecer en semejantes condiciones y quizá os imaginéis mi fascinación ante tanta variedad. Finalmente encontré el vivero de la devesa del Saler, un lugar increíble al cual le debemos la salud y el aspecto cada vez mas protegido de nuestra maravillosa Albufera, sin duda el mayor tesoro que tenemos todos los Valencianos.
Tras conocer a Paco Collado y recibir un curso acelerado acerca del Carpobrotus y las terribles consecuencias sobre la flora autóctona empecé a entender que esos aparentemente inocentes deditos verdes que llevaba viendo desde la infancia al igual que mi abuelo llevan al menos cien años devastando la biodiversidad no solo de Valencia sino de medio mundo. Por lo visto y al estilo de las grandes superficies y los pequeños comercios locales, esta planta genera una enorme cantidad de polen, atrayendo a todas las abejas y monopolizando la polinización. El resultado es imaginable, de igual manera que los pequeños comercios, las flores autóctonas desaparecen al ser ignoradas por las abejas.




El primer contacto con las semillas ha sido realmente una sorpresa. Evidencian su libertad en su forma, su historia, su supervivencia al margen de la utilidad para el ser humano. Especialmente me ha llamado la atención la semilla de la Azucena Marina (Pancratium Maritimun) que parecía pequeños trocitos de carbón.
He reflexionado un rato sobre las palabras de Paco, que decía que debían lanzarse como si fuesen semillas de arroz.
Mi experiencia con los huertos tradicionales ha servido para poco, mas bien he tenido que recurrir a Fukuoka y a mis experimentos con la Permacultura, almacenados en algún cajoncito de mi mente.

Sembrar estas semillas arrojandolas sobre los leves surcos hechos con el rastrillo, sobre las espirales leves, para luego volver a cubrirlos sutilmente con arena, como si se tratase del viento, tratando de pensar en como lo haría la propia naturaleza me ha recordado al Zen. Cultivando sin agua, lanzando semillas al desierto que no darán frutos comestibles o comerciables, confiando en que la vida se abrirá paso, sin agresividad, esparciendo poco a poco. Ha sido realmente gratificante, como aquello que se hace "porque si" sabiéndose servidor de algo inmenso y eterno, silencioso, descalzo, libre como aquello que aparentemente no es útil...

Solo puedo recomendaros una experiencia así, se que no parece emocionante, pero lo es, os lo prometo.


Haz de la forma algo informe,
yendo y volviendo, a ningún otro lugar.
Haz del pensamiento un pensamiento impensado,
cantando y bailando, la voz del Dharma.

¡Qué extenso es el cielo de la concentración sin obstáculos!
¡Cuán brillante la luna llena de la cuádruple sabiduría!

En este mismo instante, ¿Qué podemos buscar?
El nirvana es inmediato.
Este lugar es la tierra del loto.
Este cuerpo es el cuerpo de Buda.

Hakuin
(1685 – 1769)





miércoles, 20 de septiembre de 2017

Proximo concierto en Valencia : ¡LuscoFusco!





Hola a tod@s

Se acerca octubre, hay varios planetas en alineación, estoy en Valencia y empieza a hacer fresquito, tengo muchas ganas de presentaros lo que será mi siguiente disco. Para este fin he escogido un lugar que no tiene nada que ver con la típica sala de conciertos pero tiene un encanto muy particular, es una tienda con ropa muy muy linda... Con este concierto ademas pretendo apoyar el comercio local y de proximidad.

La hora elegida ha sido las 20:00 y el día sera finalmente el 5 de octubre.

El lugar esta al lado del mercado de Ruzafa, en C/ de la reina na maria N 9


Así que espero encontraros allí, nos lo vamos a pasar genial!

Un gran abrazo.



Carlos Albors